En la Inglaterra de la época normanda, el conejo (conocido entonces como coney) no era una especie autóctona. Los romanos lo habían introducido brevemente, pero fue la conquista de 1066 la que permitió su reaparición definitiva. Desde el siglo XII su presencia era tan escasa que su precio superaba al de varias gallinas, convirtiéndolo en un artículo reservado a la nobleza.
Los señores construyeron warrens o coneygarths, extensas plataformas de tierra con túneles revestidos, fosos y vallas, para albergar a estos animales delicados. Cada recinto contaba con un guardia de turno, considerado un puesto de gran prestigio, pues proteger la valiosa población de conejo era fundamental para mantener el suministro de carne y pieles reservadas para la alta sociedad.
El conejo como símbolo de lujo aristocrático
Los documentos de la corte revelan que en 1235 el rey Enrique III regaló diez conejos vivos a Geoffrey Despenser, un poderoso terrateniente. Unos años después, en 1240, el mismo monarca incluyó el conejo en sus provisiones navideñas, acompañando al pavo real y al jabalí. Su carne era tan apreciada que cada ejemplar podía costar entre cuatro y cinco pollos, y sus pieles negras o gris plateado se utilizaban para confeccionar prendas exclusivas, como la ropa de noche del rey Enrique VII.
El valor económico del animal explicaba también su función como obsequio diplomático. Se establecían normas estrictas para no diezmar la población del parque; la captura debía ser suficiente para que la colonia no se viera amenazada, subrayando la intención de preservar un bien costoso y rentable a largo plazo.
La peste negra y la democratización del consumo
Entre 1346 y 1353 la peste negra diezmó entre un tercio y la mitad de la población europea. La abrupta pérdida de mano de obra dio a los supervivientes campesinos una capacidad de negociación inédita: pudieron exigir salarios más altos y acceso a tierras que antes estaban fuera de su alcance. Con mayores recursos en sus bolsillos, el conejo dejó de ser un lujo inalcanzable y pasó a la mesa de las casas rurales.
Al mismo tiempo, la escasez de guardias y la falta de mantenimiento de los warrens permitieron que muchos animales escaparan. Gracias a su extraordinaria fertilidad, una hembra podía producir alrededor de cuarenta crías al año, lo que provocó una explosión demográfica que convirtió al conejo en una especie prácticamente salvaje y abundante en el campo inglés.
Resistencia aristocrática y legislación sumptuaria
Ante la pérdida de exclusividad, la nobleza intentó frenar la democratización mediante leyes de vestimenta en 1363, que regulaban quién podía portar pieles de conejo y otros materiales considerados propios de la élite. En 1390, el Parlamento prohibió la caza de conejos a trabajadores y artesanos, temiendo que la práctica alimentara rebeliones contra el rey.
Sin embargo, el impulso social era demasiado fuerte. Los campesinos acomodados comenzaron a incluir el conejo en sus banquetes, y los artesanos lo utilizaban para confeccionar ropas ornamentadas. La combinación de mayores ingresos, acceso a tierras y abundancia silvestre transformó al conejo de un artículo de lujo a un alimento básico, marcando un cambio permanente en la dieta inglesa medieval.



