Desde hace doce años Mariangela Corrieri, al frente de la Asociación Gabbie Vuote ODV en Florencia recorre calles, bosques y playas acompañada de su metiche de Breton llamado Tobia. Cada salida se convierte en una invitación a detenerse, a respirar y a experimentar el momento presente sin distracciones.
En casa, la rutina es una coreografía sutil: Tobia avanza dos pasos delante de su dueña, interpreta el comando «di qua» y gira al instante, como si la palabra fuera parte del mapa del entorno. Al salir, el paisaje se transforma en una gran habitación donde el olfato de Tobia guía la exploración, mientras los ojos de Mariangela siguen mariposas, flores y horizontes lejanos.
Una historia de rescate y compañerismo
El origen de Tobia es tan singular como su carácter. Nacido de una madre Breton y un padre de linaje desconocido, fue arrebatado de las manos de un cazador antes de caer en la indiferencia. Ese acto de salvamento marcó el comienzo de una relación basada en la confianza mutua y la paciencia. Desde entonces, cada día aporta un detalle nuevo que ambos guardan como tesoro.
Rituales cotidianos que refuerzan la conexión
En el día a día, los gestos más simples cobran significado. Cuando Tobia desea un galleta se coloca bajo la lata y alterna la mirada entre su dueña y el recipiente, creando una gramática silente de deseo y recompensa. Otro juego recurrente es la búsqueda de la «pina», una pequeña pigna que, al ser lanzada, desencadena una carrera llena de energía y alegría, recordando que la felicidad se nutre de rituales sencillos.
Los viajes en coche son otro escenario donde la personalidad de Tobia destaca: se equilibra sobre el respaldo del asiento trasero como una pequeña vigía ladrando a perros, gatos y hasta a los carritos de bebé que aparecen en la carretera. Con los años, su «jurisdicción» ha crecido, convirtiendo cada vista en un anuncio audible de su presencia.
Lecciones de atención plena que ofrece el perro
La presencia de Tobia transforma cada paso en un diálogo sin palabras. Mientras él explora con el nariz, Mariangela observa con los ojos; él regresa, inspecciona, avanza de nuevo, como si cada respiración fuera una pieza de un ritmo natural. Esa coreografía silenciosa aligera la carga del tiempo, llenando el ahora de significado y haciendo que el pasado y el futuro se desvanezcan.
Consciente de que el futuro traerá una despedida inevitable, la autora elige seguir el camino que ambos conocen: Tobia lidera con su olfato y ella lo acompaña, segura de que cada instante compartido vale más que cualquier temor. Así, el perro no solo es un compañero sino un recordatorio permanente de que el amor se cultiva paso a paso, en el aquí y ahora.



