Saltar al contenido
26 octubre 2026

Cómo una rutina con aves devuelve al hombre su razón de vivir

Un viejo apartado halla serenidad entre sus gallinas, siguiendo una rutina que silencia sus fantasmas internos

Cómo una rutina con aves devuelve al hombre su razón de vivir

En los límites de un campo de viñedos y mazorcas de maíz, un hombre de cabello blanco y pasos vacilantes se levanta antes del alba. Hace años recorría caminos sin destino, pero hoy su vida gira alrededor de un recinto improvisado dentro de una casa rural abandonada, donde residen sus únicas compañías: un grupo de gallinas. Cada amanecer, la rutina lo lleva a pedalear una bicicleta crujiente, cruzar senderos embarrados y llegar al corral, donde el silencio del campo le permite respirar sin el peso de la sociedad.

El hombre admite haber desarrollado un odio profundo hacia la humanidad, pero asegura que jamás infligiría daño a otras criaturas. Para él, los animales son seres intocables que merecen respeto. Este pacto implícito le brinda una seguridad que la convivencia con personas no le ofrece, y transforma el simple acto de alimentar a sus aves en una ceremonia de reconciliación consigo mismo.

Una mañana de rituales bajo el sol

Al llegar al corral, el cuidador repite una serie de pasos que ha convertido en una liturgia propia. Primero llena una cuenca con agua fresca, luego esparce granos sobre el suelo y ordena los nidos, revisando una a una las huevas aún tibias. No lleva cuentas ni registra gastos; el valor de su labor no se mide en monedas, sino en la presencia constante de las aves. Cuando el calor del verano vuelve a calentar la tierra, se inclina a cosechar maíz silvestre para almacenar en sacos que servirán como reserva de tranquilidad durante los meses más fríos.

Al mediodía, la fatiga lo empuja a sentarse en una silla desvencijada. Abre su cantimplora y come sin apetito, no por placer sino por obligación. En ese momento, varias gallinas se posan sobre su hombro y espalda, como si quisieran compartir la carga. Sus patas ligeras generan un picoteo delicado que amortigua el tumulto de sus pensamientos, dejando pasar una luz tenue que atraviesa la grieta de su corazón endurecido.

El vínculo silencioso entre el cuidador y sus gallinas

Una gallina ponedora que comienza a incubar se vuelve el centro de su atención. Observa con ansiedad cada movimiento del huevo, guardando la zona como si fuera una puerta sagrada. Sin embargo, la vida en el campo no está exenta de peligros; una nocturna visita de una comadreja puede dejar huellas de sangre que provocan ira y desolación. Sus ojos, dos agujas bajo la calva blanca, destellan una mezcla de rabia y derrota, recordándole que la fragilidad del vínculo también hiere.

Aunque la pérdida de algunas aves le causa dolor, al día siguiente vuelve a recoger los restos y a reconstruir los nidos, porque el compromiso con sus gallinas no permite ausencias. La constancia se vuelve su forma de amor: no espera recompensas, no calcula retornos. Incluso si le advierten que deje de fumar, él enciende otro cigarro y mira al horizonte, como buscando que el aire se expanda y cierre las grietas de su respiración.

Cuando cae la noche: recuerdos y resignación

Al anochecer, el hombre se despide de sus aves con una mirada melancólica mientras recoge las plumas dispersas. El regreso a casa se convierte en una marcha acompañada por ecos del pasado: la ausencia de su esposa, el hijo que el tiempo arrancó, los remordimientos que punzan sin cesar. Grita intentando ahuyentar esas presencias, pero los fantasmas atraviesan el ruido y se cuelan en la habitación, acordando su respiración.

Sin embargo, al día siguiente la bicicleta vuelve a girar. La rutina funciona como un dique que contiene el dolor, permitiendo que cada gesto—llenar la cuenca, acomodar un nido, recoger un huevo—ancla un pensamiento intruso al suelo. Las gallinas, aunque mudas, hablan en su propio lenguaje, y él responde con una presencia firme, creando un pacto elemental basado en la simplesa de estar juntos.

En la soledad del campo, el hombre ha construido un refugio donde la cuidado y la presencia se entrelazan, ofreciendo una tregua temporal a una vida cargada de resentimiento. No busca redención ni salvación; solo busca que, al menos durante unas horas, el latido de su corazón se sincronice con el trino de sus aves.

Autor

Javier Ortega

Javier Ortega, bilbaíno de 58 años con estilo casual, rememora haber seguido la larga huelga industrial en la ría de Nervión y entrevistar a trabajadores en astilleros. Sostiene un periodismo que visibiliza a quienes quedan fuera del poder; guarda archivos fotográficos de la transformación industrial de Euskadi.